El martes
por la tarde, yo ya sabía que algo iba a ocurrir. Sentía en mi pecho esa
desagradable sensación de quien puede predecir el futuro, y saber que algo malo
se acerca. No, no sé leer el futuro, pero era tan difícil por lo que me haría
pasar, que ya afectaba a mi presente.
El día miércoles,
lloré desde las 7 o 7 con 30 hasta las 11 de las noche. Todo, por un mal
entendido. O tal vez, por haber entendido a la perfección. Tal vez no me sentí
engañada, pero cuanto dolor estaba sintiendo. Aún con ello, intenté seguir
adelante, por él.
El jueves,
hice enojar a la persona más importante para mí. Me sentía débil e
insignificante, así que creí que molestándola indirectamente, sabría mis
sentimientos. Error. Es necesario decirlos, porque nadie conoce sus
sentimientos mejor que uno mismo. Y en ocasiones las personas no saben
interpretarlo. Por ello, necesitan ser abierto, ser directo.
El viernes
fue un lindo día. Hablamos, arreglamos las cosas y la pasamos muy bien. Lo mismo
ocurrió con el sábado y el domingo hasta mediodía. Porque después de esta hora,
fue cuando me golpeó con más fuerza su indiferencia.
Pude haber
esperado muchas cosas de las personas, pero no de él, no tan fuerte y doloroso.
Así que otra vez lloré. Esta fue la semana de los llantos como Magdalena. Y lo
quiero dejar, quiero apartarme de su lado para no sufrir más. Pero es casi
imposible y eso me hace sentir mal. Le quiero perdonar el dolor, pero no quiero
una segunda oportunidad.
Si va a
luchar por mi amor, lo hará desde el principio, porque no soy una tonta, tengo
sentimientos y sé qué es correcto. Lo que hizo, para mí, no tiene perdón. Pero por
otro lado, creo en la redención. Así que le dejaré intentar volver a ser el
mejor.
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