Recuerdo que
en una entrada anterior, comenté que vivía en una triste y pequeña habitación
en la casa de mis tíos. Ahora, ya no lo hago más. Encontré una linda casita que
puedo pagar sin mucho esfuerzo económico. Pero la verdadera historia está en
las razones por las que me mudé
Todo inició
cuando mi mamá se fue de Guadalajara, y yo me hube instalado en la casa de mis
tíos.
De antemano,
sabía que mi tía no era una excelente ama de casa, que no le gusta cocinar y
que tiene un carácter “especial”. Pues bien. Ella aseguró que me prepararía la
comida, esto con el fin de concentrarme únicamente en mis estudios. Bien… una o
dos veces tomaba el desayuno, y no comía hasta las 5 ó 6 de la tarde si bien me
iba. De vez en cuando (más seguido que en la mañana) tomaba un vaso de leche antes
de dormir.
No soy de
las personas que se quedan sin hacer nada, así que intenté cocinarme a mí
misma. En primera, soy terriblemente mala en la cocina; en segundo, el
refrigerador siempre estaba vacío. Mis tíos comían bien, pues salían a
restaurantes o compraban en los puestos. Siguiendo el ejemplo, y como única
solución, tuve que hacer lo mismo. Pero el dinero se terminó y tuve que
soportar el hambre.
En la casa
de mis tíos, yo me encargaba de limpiar mi habitación (como se debe) y también
barría y trapeaba el resto. Tenía que lavar los trastes sucios para poder
usarlos cuando podía comer. De no haber hecho estas cosas, no sé en qué condiciones
funestas hubiese vivido.
Para lavar
mi ropa era una ruleta rusa. Mi tía es obsesiva en la limpieza de la ropa, por
lo que al menos, cinco de los siete días de la semana, usaba la lavadora. Para atinar
cuando podía usarla y cuando no era realmente difícil, por lo que me pasaba
días sin poder lavar. Cuando lo hacía, era por la noche. La colgaba antes de
dormir. Me hubiese gustado recogerla antes de ir a la escuela, pero seguía
húmeda. Para cuando volvía de la escuela, ya no estaba ahí. Estaba en mi
cuarto, tirada en la cama. Mi habitación se cerraba con llave, pero contando
con una llave de emergencias, todos podías abrirla y entrar. Adiós privacidad.
Los problemas
con mi primo aumentaron en un 70% las últimas dos semanas. No soy aficionada a
mirar televisión, pero no me molesta hacerlo. Mi primo, un pequeño de 8 años,
no me lo permitía. Cuando lavaba, me tiraba ganchos o me molestaba contando mis
prendas íntimas. Al estar en mi habitación abría la puerta y comenzaba a
acecharme. En ciertas ocasiones cuando sus amigos lo visitaban, los llevaba
para “exhibirme” ante ellos.
Otro de las
molestias, es que era costumbre tener fiestas los fines de semana o reuniones
sociales entre semana. A veces se extendían hasta la madrugada y no me
permitían descansar. Sus salidas, también eran algo común. ¡En una ocasión no
me dejaron entrar a la casa y tuve que dormir fuera!
Cansada de
todo esto (y demás), busqué moverme de locación. Y no me arrepiento, estoy
feliz con el resultado. Ahora vivo tranquila: como y descanso como se debe.
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