domingo, 9 de noviembre de 2014

SOBRE LA TRISTE HISTORIA DE CÓMO ME MUDÉ


Recuerdo que en una entrada anterior, comenté que vivía en una triste y pequeña habitación en la casa de mis tíos. Ahora, ya no lo hago más. Encontré una linda casita que puedo pagar sin mucho esfuerzo económico. Pero la verdadera historia está en las razones por las que me mudé

Todo inició cuando mi mamá se fue de Guadalajara, y yo me hube instalado en la casa de mis tíos.

De antemano, sabía que mi tía no era una excelente ama de casa, que no le gusta cocinar y que tiene un carácter “especial”. Pues bien. Ella aseguró que me prepararía la comida, esto con el fin de concentrarme únicamente en mis estudios. Bien… una o dos veces tomaba el desayuno, y no comía hasta las 5 ó 6 de la tarde si bien me iba. De vez en cuando (más seguido que en la mañana) tomaba un vaso de leche antes de dormir.

No soy de las personas que se quedan sin hacer nada, así que intenté cocinarme a mí misma. En primera, soy terriblemente mala en la cocina; en segundo, el refrigerador siempre estaba vacío. Mis tíos comían bien, pues salían a restaurantes o compraban en los puestos. Siguiendo el ejemplo, y como única solución, tuve que hacer lo mismo. Pero el dinero se terminó y tuve que soportar el hambre.

En la casa de mis tíos, yo me encargaba de limpiar mi habitación (como se debe) y también barría y trapeaba el resto. Tenía que lavar los trastes sucios para poder usarlos cuando podía comer. De no haber hecho estas cosas, no sé en qué condiciones funestas hubiese vivido.

Para lavar mi ropa era una ruleta rusa. Mi tía es obsesiva en la limpieza de la ropa, por lo que al menos, cinco de los siete días de la semana, usaba la lavadora. Para atinar cuando podía usarla y cuando no era realmente difícil, por lo que me pasaba días sin poder lavar. Cuando lo hacía, era por la noche. La colgaba antes de dormir. Me hubiese gustado recogerla antes de ir a la escuela, pero seguía húmeda. Para cuando volvía de la escuela, ya no estaba ahí. Estaba en mi cuarto, tirada en la cama. Mi habitación se cerraba con llave, pero contando con una llave de emergencias, todos podías abrirla y entrar. Adiós privacidad.

Los problemas con mi primo aumentaron en un 70% las últimas dos semanas. No soy aficionada a mirar televisión, pero no me molesta hacerlo. Mi primo, un pequeño de 8 años, no me lo permitía. Cuando lavaba, me tiraba ganchos o me molestaba contando mis prendas íntimas. Al estar en mi habitación abría la puerta y comenzaba a acecharme. En ciertas ocasiones cuando sus amigos lo visitaban, los llevaba para “exhibirme” ante ellos.

Otro de las molestias, es que era costumbre tener fiestas los fines de semana o reuniones sociales entre semana. A veces se extendían hasta la madrugada y no me permitían descansar. Sus salidas, también eran algo común. ¡En una ocasión no me dejaron entrar a la casa y tuve que dormir fuera!


Cansada de todo esto (y demás), busqué moverme de locación. Y no me arrepiento, estoy feliz con el resultado. Ahora vivo tranquila: como y descanso como se debe.

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